Epistemología, Historia y Filosofía de la ciencia

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Epistemología, Espírítu y Naturaleza

sábado, 21 de mayo de 2016

BURNOUT

El síndrome del Burnout

Enfermeros, maestros, médicos, docentes, abogados, psicólogos, psicopedagogos, trabajadores sociales y múltiples operadores en contacto prolongado con personas en estado de vulnerabilidad y riesgo se reconocen desgastados o desilusionados. Se trata del síndrome de burnout, que se manifiesta en una serie de síntomas físicos y psíquicos. Los siguientes fragmentos del libro (que editorial NovEduc distribuirá en los próximos días en librerías) abordan los contextos, características e intervenciones posibles desde para la construcción de un espacio de Cuidado de Cuidadores.
Por Vita Escardó

Fragmento 1.

La trama en que desarrollamos las prácticas
¿Cuáles son los componentes que se enlazan en el complejo entramado de las intervenciones profesionales? ¿Cómo incide la participación institucional en la realidad de estos profesionales? ¿Qué ideales se ponen en juego a la hora de elegir una profesión de asistencia a otros? Iremos recorriendo una aproximación para pensar estas preguntas en un diálogo con diversos autores.
La práctica constante de profesiones de asistencia o acompañamiento a otras personas que sufren, hecha a contrapelo del ideal profesional, es uno de los factores que favorecen la aparición del síndrome de burnout, por causa del desgaste psíquico que implica. Una de las primeras tareas en un espacio que pretenda preservar a este tipo de trabajadores debería intentar hacer consciente este factor, para dar apertura a una reflexión acerca de las propias prácticas e ideales y, en la medida de lo posible, acceder a un posicionamiento vital y/o ideológico al respecto desde la subjetividad de cada profesional.

Fragmento 2.

Quirón y Superniña
Sumando a las diversas coordenadas que varios autores han ido identificando acerca del tema, me gustaría exponer algunas vertientes desde la perspectiva de la psicología analítica:
Una, el síndrome de superniña o superman. También ligado con el furor curandis citado por Freud. El o la profesional piensa o mejor dicho, cree, porque esta postura se anuda a la creencia sin crítica interna, que puede “salvar” a quienes debe asistir o acompañar. Muchas veces en los encuentros de Cuidado de Cuidadores digo a los participantes que dejen colgada la capa de superhéroes en la puerta de entrada. Me interesa la analogía, porque estos personajes mantienen una doble vida, muchas veces insignificante en la vida “común” pero más allá de la heroicidad en la acción épica. Un poco como un falso self, oculto a la vista de los demás. La vida personal y de relaciones queda en segundo plano ante la “llamada” de salvataje. Los superhéroes rara vez tienen familia y su condición suele estar asociada a la sobreadaptación resultante de una herida psíquica profunda, una pérdida primordial durante la infancia. No se trata de abrevar en los traumas padecidos por los trabajadores durante su infancia sino de poder identificar aspectos de este arquetipo en términos generales. El desafío es desarticular la propia omnipotencia, asumiendo la necesidad de interactuar en equipo, en la propia institución y con otras instituciones. Como señala Eco (1965) este arquetipo debe ser la suma y compendio de determinadas aspiraciones colectivas, lo cual lo lleva a inmovilizarse en una “fijeza emblémica” que lo haga fácilmente reconocible. Por el contrario, el personaje novelesco aparece como más humano, pasible de ser modificado por las vicisitudes de la vida. Desde el punto de vista de la salud psíquica, la fantasía superheroica queda del lado de la fijeza y de la disociación no operativa.
Dos, el mito de Quirón. Hijo de Cronos y la ninfa Firiba, educado por Apolo y Atenea especialmente en las artes curativas, Quirón encarna el arquetipo del sanador herido. Según la mitología, Hércules hirió accidentalmente a Quirón con una flecha envenenada por Hidra. El veneno mortal era inerme para el centauro inmortal, quien tampoco podía sanarse a sí mismo. Así, vivió padeciendo y enseñando el arte de curar, por comprender empáticamente los efectos del sufrimiento. (Más adelante, por ayudar a Prometeo se le concede la muerte y el retorno inmortal a la constelación del Centauro). Algunas veces sucede que quien asiste a otros ha sufrido traumas o violencias similares a las de las personas a quienes asiste. De esta manera, su propia recuperación y empoderamiento son herramientas de elaboración y servicio a quienes comprende empáticamente. El riesgo, en estos casos, consiste en la estructuración de la actividad laboral en torno de la herida y su reparación en lo personal y en los demás, dejando de valorar otros aspectos y, a veces, perdiendo la perspectiva de los límites de las intervenciones, cuando no de la singularidad de cada caso diferenciándolo del propio. Traspasando la empatía hasta el borde de la identificación excesiva.
En ambos casos, Superman o Quirón, el tema del prestigio está presente, así como en cualquier actividad que implique el cuidado de quienes sufren. El reconocimiento de los pares, como aporta Dejours, se transfiere al plano del ser desde el hacer en una operación psíquica que sostiene la relación con el trabajo. El resto del círculo social, amigos, conocidos, familiares contribuye a esta percepción de prestigio a través de la expresión de admiración. Muchas veces pregunto qué ocurre en las fiestas o reuniones sociales cuando les preguntan “¿A qué te dedicás?” Las respuestas suelen coincidir en varias cuestiones: admiración por la dificultad de enfrentar situaciones dolorosas cotidianamente; prejuicios acerca de la realidad social que contextúa dicha práctica; “enganche” general con el tema y consecuente agotamiento de quien ve invadido su momento de distensión por el relato pormenorizado de su trabajo. Algunas veces me responden: “Directamente digo que me dedico a otra cosa…”

Fragmento 3.

¿Por qué cuidar a quienes cuidan?
Especialmente en actividades ligadas con otros que sufren, los planteos de tolerancia ética a situaciones injustas o lesivas hacia quien se asiste, deberían poder encontrar un espacio de reflexión, alerta y reconocimiento de trabas institucionales, en particular si implican bordes de tolerancia sobre los sujetos que trabajan. De otro modo se corre el riesgo de asumir el pensamiento de la escasez. Consiste en el supuesto de que para dar a otros es preciso restarse a sí mismo. Este tipo de razonamiento es típico del pensamiento mercantilista, donde es preciso “que no alcance para todos”. Pero pensando, por ejemplo, en derechos ciudadanos, ¿sería posible renunciar al derecho propio para que a otro se le garanticen? No son pocas las veces en las que este tipo de razonamiento opera en quienes trabajan asistiendo a otros que padecen. Y es preciso habilitar un espacio de deconstrucción de estos supuestos si pretendemos modificar o mejorar las condiciones de producción.
Uno de los argumentos que utilizan quienes promueven la prevención de burnout consiste en afirmar que el síndrome disminuye los niveles de producción, ya que los trabajadores se ven afectados y por lo tanto producen menos o se ven obligados a abandonar la tarea por causas médicas, es decir, sin poder ser despedidos. Me voy a permitir sumar algunas ideas a la veracidad de tal argumento.
El burnout es efecto del malestar institucional debido a las condiciones laborales que implica el sistema neoliberal. Una prevención estructural no debería soslayar esto, si bien el objetivo del espacio no es gremial. En algunas provincias de la Argentina existen leyes que otorgan días extra de licencia a quienes tienen ocupaciones con riesgo psíquico. Es el resultado de un reclamo gremial. Excelente. Pero en tanto los trabajadores no creen un espacio donde reflexionar deónticamente sobre su tarea, el descanso resulta un aplazamiento y no una posibilidad de resignificación y cambio de la estructura laboral a nivel ideológico y psíquico.
En mi experiencia hasta el momento, el espacio ha logrado, en varios casos, mejoras de funcionamiento en la institución sin disminución de la producción, sumado a la percepción por parte de quienes trabajan de ser artífices de las condiciones de producción en su espacio laboral más que sus víctimas. La posibilidad de generar tales cambios se produce interviniendo entre estamentos con distintos grados de poder. Suponer que solamente la base de la pirámide es afectada por el sufrimiento es ilusorio y una fantasía recurrente entre quienes son subordinados. Todos los estamentos se ven presionados por las exigencias de un sistema rígido y paradójico. Optimizar las relaciones de liderazgo y colaboración es también una tarea preventiva.
Podría pensarse también en el burnout como uno de los nuevos males de la época, de esas nomenclaturas de moda que requieren una especialización que crea la oferta del mercado. Tal vez. Pero no quisiera perder la oportunidad de preguntarme acerca de una enfermedad que abreva en la caída de los ideales en esta época que algunos autores dan en llamar posmodernidad. Y rescatar que perder los ideales es un modo de enfermar. Pero pretender sostenerlos a ultranza sin contar con otros, resulta una necedad. La omnipotencia radicaría en pretender dar todo de sí, darse todo, en pos de la supervivencia de los que más precisan.
Esta lógica de vasos comunicantes circula en la búsqueda de un lugar donde depositar el vacío, en vez de animarse al pensamiento complejo, a la construcción de alternativas compartidas. El ejercicio democrático implica abrir el juego de las propias prácticas y poder mirar las prácticas ajenas con menos prejuicio. Tarea difícil en esta lógica del mercado, porque el otro puede resultar un competidor que ofrezca un mejor producto que el propio, en lugar de un semejante con quien construir saberes compartidos. El quemarse abreva aquí en la lógica del eficientismo: los trabajadores se sienten compelidos a “resolver” con eficiencia las demandas de quienes asisten (modo del mercado). En lugar de abrir nuevas preguntas y generar responsabilidad en el otro, reconociendo así el poder que tienen sobre su propia existencia.

Fragmento 4.

Estructura del dispositivo de Cuidado de Cuidadores
Usualmente, lo primero que pide una organización es una capacitación. El estilo de capacitación más eficaz, según mi modo de trabajar, es aquella que es interactiva, y que, tomando la definición clásica de Maslach y Jackson de burnout, introduce una mirada crítica, incorporando la realidad de nuestro territorio latinoamericano.
Esta capacitación interactiva produce una escucha de las problemáticas específicas de cada colectivo con que se está interactuando, lo cual permite aportarles elementos útiles para esa situación en particular. A la vez, habilita indagar síntomas de burnout individuales o de la organización, abriendo la posibilidad de hacer algo al respecto. Los elementos básicos de información son: definición del síndrome; variables a considerar; síntomas físicos, psíquicos, cognitivos; factores de riesgo; objetivos del espacio de cuidado.
Cuando es factible, incluyo una experiencia acerca de las técnicas utilizadas en el espacio de Cuidado de los cuidadores: collage, dramatización, narrativa.
Siempre tengo presente que la capacitación en curso no transmite cualquier tipo de conocimiento sino una concientización acerca de la salud de cada uno y del conjunto. Para que algo se produzca en esos planos, no alcanza con escuchar pasivamente los contenidos teóricos de una capacitación. Al producir creativamente y con otros, se genera un primer movimiento de responsabilización, y una toma de conciencia acerca de los principales elementos en juego. En muchos de casos, la intervención se acotará a la capacitación y la muestra de técnicas, sin derivar en una intervención a lo largo del tiempo. El desafío consiste en instalar un segundo movimiento, para dar continuidad a un espacio de prevención de burnout en el contexto del ámbito de trabajo.

Fragmento 5.

Técnicas expresivas
¿Cuál es el plus que la expresión creativa le puede otorgar a la reflexión intelectual? Tiene que ver con la ligazón que permite, con los afectos que aún no se han vuelto conscientes, o que todavía no se han planteado como objeto-problema o como obstáculo. Al buscar la expresión de un modo creativo, lo que se encuentra son símbolos que permiten abrir en lugar de coagular sentidos, que no pretenden dar una respuesta sino generar un panorama posible y tangible para un abordaje. Pero un panorama que tenga elementos atractivos, no simplemente mecánicos, sino ligados en algún punto con lo estético.
Hasta aquí hemos hablado de una ética, no sólo respecto de quien trabaja, de su cuidado, sino también respecto de quien va a cuidar al otro y su lugar ético. Ahora, aquí podemos empezar a plantearnos cuestiones estéticas.
El aporte estético se genera desde la propia técnica de expresión. Así, el abordaje mismo vuelve posible generar alivio. Se trata de abordar un malestar de modo tal que la técnica propicie bienestar al experimentarla.
La elección por parte del coordinador de las técnicas que va a utilizar depende de esta aproximación, en la modalidad de Cuidado de Cuidadores que aquí propongo. La variedad de técnicas es infinita, el secreto para ponerlas en práctica frente a un grupo es encontrar con cuáles de esas técnicas uno es sintónico. En resumen, no sería posible para quien coordina aplicar técnicas que lo incomodan, pretendiendo con ellas generar confort en los demás. Antes bien, al entregar al grupo actividades cuyo lenguaje es conocido para el coordinador, se habilita la producción del colectivo en función del trabajo de alivio.

Fragmento 6.

Reflexiones finales
Durante los últimos cinco años aproximadamente, los dispositivos de abordaje de Cuidado han aumentado su aparición y técnicas de abordaje en diversas zonas de nuestro país y el mundo.
Este reconocimiento va acompañado en algunas ocasiones de la necesidad de incluir otros aspectos además de la prevención del Síndrome de Burnout en los encuentros de Cuidado.
Se abre así un abanico de temas que pueden rozar las condiciones laborales, temas gremiales, aspectos organizacionales, cuestiones de liderazgo y políticas públicas.
Esta proliferación da cuenta de la necesidad expresada por el sector salud acerca de la atención de su cuidado en diversos aspectos.
Como reflexión final quiero hacer hincapié en la responsabilidad necesaria por parte de quienes pretendan abordar espacios colectivos en el ámbito del trabajo para coordinar de modo equilibrado y reconociendo las posibilidades y necesidades según el contexto y la particularidad de los equipos con los que se opera.
Dos palabras rectoras pueden ayudarnos a la hora de las dudas y el abismo que cualquier coordinador percibe ante un grupo: creatividad y empatía.
Planteos rígidos y que anulen la mirada del otro derivarán habitualmente en violencia concreta o simbólica. En los contextos de relaciones de poder propios de las instituciones la violencia institucional forma parte de la ecuación. Aportar al estallido y el conflicto resultaría muy sencillo. Pero apostar a la construcción de miradas compartidas, a la posibilidad de expresar necesidades y proponer mejoras, a entrenar capacidades de liderazgo, replantear esquemas organizacionales, incluir nuevas tecnologías implica un ejercicio no solamente de optimismo sino de postura ideológica respecto de la construcción del estar en el mundo.
Además, pienso que es preciso considerar el momento vital individual de quienes integran los grupos. Ya quedó ampliamente expuesto en este escrito la profunda incidencia de lo institucional en el mundo interno, por lo que la permanencia en tales contextos implica poder pensar-se individualmente, además del aspecto implicado en la pertenencia colectiva.
El desafío mayor, finalmente, navega las incertidumbres, las preguntas y la habilidad de sostener procesos renunciando a la pretensión de saberes y certezas. Ancla en la construcción y deconstrucción de lo sabido y lo ignorado y se perfuma de misterio, honrándolo como aspecto de lo humano en todos los tiempos.
* El libro incluye textos de colegas de distintas provincias:
Claudia Simonini y Mariana Illanes (Hospital materno neonatal de Córdoba).
Massimiliano Bozza (línea 137, Chaco del Programa Chaco dice NO a las violencias).
Mariana Pizarro (Programa Las Víctimas contra las violencias, Misiones).

Mariana Scioti y Carina Rago (Programa Las Víctimas contra las violencias, Ciudad de Bs. As.).

Entrevista a una especialista en Neurociencias del lenguaje

 YAMILA SEVILLA, INVESTIGADORA DEL CONICET Y ESPECIALISTA EN NEUROCIENCIAS DEL LENGUAJE

Lo que el cerebro pone en juego cuando la persona construye una oración

Los actos del habla no son tan espontáneos como parecen. Por el contrario, representan el resultado de una compleja red de fenómenos que acontecen en las insondables rutas del cerebro. La especialista investiga cómo se mide el esfuerzo mental que realizan las personas cuando construyen una oración.
por Pablo Esteban
Los humanos se diferencian del resto de los seres vivos por su capacidad para construir culturas, definidas como instituciones colectivas que emergen como productos dinámicos (vale la contradicción) de las prácticas sociales. No existe proceso de socialización que carezca de intersubjetividad e intercomunicación. Así, se formulan lenguajes para expresar pensamientos y materializar sentimientos por medio de la palabra.
La lingüística, en este marco, se ubica como el estudio científico que analiza tanto la estructura de las lenguas naturales así como también sus evoluciones históricas y el conocimiento que los hablantes generan respecto a ellas. Desde aquí, una premisa sobrevuela el campo y, de vez en tanto, se estaciona para causar alguna molestia entre los especialistas: los actos de habla no son tan espontáneos como aparentan y, en general, poseen un alto grado de planificación. ¿Qué sucede en el cerebro cuando las personas se disponen a armar una oración? ¿Cuánto cuesta hablar? ¿Qué relaciones se tejen entre los procesos léxicos y los mecanismos sintácticos?
Yamila Sevilla es doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires y forma parte del Instituto de Lingüística de esa institución. Aquí, describe de qué modo sus investigaciones se inscriben en la línea denominada neurociencias del lenguaje, explica qué sucede en el cerebro cuando las personas se disponen a enunciar un discurso y, por último, comparte los detalles sobre cómo actúa la mente cuando los individuos construyen de forma errónea una oración.
–Usted es doctora en Letras, ¿qué le interesa de la lingüística?
–La lingüística, definida de modo general, se preocupa por el estudio de los lenguajes humanos y las lenguas. En esta línea, como el lenguaje representa un objeto muy extenso, están quienes trabajan con los aspectos más biológicos y por otra parte, los que se interesan por los componentes sociales y contextuales.
–Por el enfoque de sus investigaciones, imagino que trabaja con los aspectos más biológicos…
–Sí, claro. Nos interesa un campo que se define como neurociencias del lenguaje. Cuando recién comenzaba a estudiar leí algo de Noam Chomsky que me llamó muchísimo la atención. En una conferencia, el lingüista estadounidense explicaba que “el lenguaje, en gran medida, es como es porque los seres humanos estamos hechos como estamos hechos”. Con esta frase, una idea se encontraba subyacente y es que existen una serie de restricciones propias del organismo que hacen que las lenguas se desarrollen del modo en que lo hacen y no de otro. Desde aquí, la diversidad lingüística es mucho menor de lo que una podría suponer porque depende del conjunto de condicionamientos que el “hardware” le impone. Si bien por intermedio de un ejercicio intuitivo podríamos afirmar lo contrario, la realidad es que las lenguas exhiben muchas más semejanzas de las que a priori creemos.
–Me gustaría que avanzara más en este punto, ¿puede brindarme algún ejemplo?
–Perfecto. El mismo Chomsky decía que una persona puede observar una paloma y analizarla tanto hasta extraerle todas sus características y, luego, escoger otra paloma y comenzar a marcar todas las diferencias que separan a la primera de la segunda. Pero, del mismo modo, también es posible mirar los dos ejemplares juntos y tratar de comprender y describir qué es lo que, efectivamente, identifica a las dos como palomas. En esta línea es que realiza un estudio del lenguaje formalizado y no empírico.
–Comprendo el enfoque de Chomsky, pero ¿en qué se relaciona con su trabajo?
–Como lingüista me preocupa más lo que tienen las lenguas en común que aquello que las distingue. Sin embargo, lo que busco es realizar un análisis de tipo experimental con el objetivo de conocer qué ocurre en el cerebro cuando los seres humanos activamos la lengua. El objetivo es armar un modelo empírico que converja con ese esquema abstracto que él planteaba.
–Antes, usted señalaba la existencia de ciertos condicionamientos que restringen el lenguaje, ¿a qué se refería?
–Existen varios. Para citar un ejemplo, los seres humanos cuentan con una memoria limitada y ello repercute en sus capacidades para expresar una o varias oraciones determinadas.
–Entiendo que la memoria sea limitada, pero ¿cómo repercute ello en el lenguaje?
–La memoria puede definirse como un espacio cuyo objetivo es administrar una cierta cantidad de información que las personas son capaces de procesar. Para decirlo al menos de modo metafórico, podemos afirmar que es restringida en tiempo y en espacio. El ser humano tiene la habilidad para operar siete piezas de información fonológica.
–¿Qué quiere decir?
–Que las personas, en general, no son capaces de recordar grandes series de números u oraciones. Nuestro cerebro tiende a “empaquetar” segmentos informativos para poder manejarlos.
–¿Y qué ocurre con aquellas personas que tienen la capacidad de recordar centenas y centenas de números y palabras y expresarlas en orden sin ningún problema?
–Es muy probable que desarrollen alguna estrategia de empaquetamiento para administrar la información que les quede cómodo. La verdad es que no sé si en casos tan puntuales realizan segmentos informativos de siete piezas, pero seguro que lo hacen de alguna manera con el objetivo de reducir las series hasta hacerlas susceptibles de ser manejadas por sus sistemas cognitivos.
–Su investigación se propone analizar qué sucede en el cerebro cuando los seres humanos se disponen a armar una oración en un acto de habla. Entonces, le pregunto, ¿qué sucede?
–Existen tres niveles de interés: uno relacionado con la conducta lingüística, otro que se vincula con el sistema cuando opera psicológicamente y, por último, también es posible observar de qué modo trabajan las células cuando nos disponemos a hablar. En este escenario, el plano psicológico es el que más nos interesa. Para ello, buscamos construir un modelo de procesamiento en tiempo real que nos permita comprender qué actividades realiza la mente para que los seres humanos puedan producir una oración. Normalmente, cuando las personas hablan, una parte de lo que expresan está planificado antes de que comiencen a hablar pero la otra parte surge sobre la marcha.
–Explíqueme un poco más al respecto…
–Cuando un individuo desea emitir un mensaje debe soltar sonidos que transcurren en el tiempo y se deben organizar uno tras otro, en un marco de respeto de las reglas gramaticales. La discusión, entonces, es si los seres humanos poseen un plan sintáctico predeterminado –es decir, si cuando comienzan a hablar ya conocen de antemano los significados de las palabras y sólo deben expresarlas del modo correcto– o bien, si el proceso resulta un tanto más espontáneo y flexible, esto es, si conforme habla selecciona palabras y las concatena.
–¿Qué ocurre en la mente cuando las personas construyen de modo erróneo una oración?
–Básicamente, que la planificación salió mal. Las personas contamos con una especie de sistema de monitoreo que hace que los productos lingüísticos erróneos se suspendan en los distintos niveles y el proceso se corrija. En muchos casos, cuando empezamos a hablar antes de tener el plan completo puede suceder que el monitor anuncie una falla (que indica una orden del tipo “por acá no se puede seguir”), porque efectivamente no podemos terminar de decir lo que queríamos tras arrancar del modo en que lo hicimos.
–En concreto, ¿cómo investigan el modo en que se construyen las oraciones?
–En nuestros ejercicios experimentales les solicitamos a los voluntarios que describan imágenes que se proyectan en televisores para analizar las formas en que expresan las oraciones de acuerdo a los estímulos. Por ejemplo, hay una muy graciosa que exhibe cómo un cerdo le pega a un gato. Como primera reacción, la persona describe la situación mediante la frase: “el cerdo le pega al gato”. Ahora bien, en un segundo nivel, intercalamos palabras subliminales que quedan registradas en sus mentes. En este sentido si, por caso, no- sotros exponemos “gato” en el instante previo a que se proyecte la imagen, la palabra queda “activada”, y es muy probable que los individuos tiendan a construir la oración de un modo distinto a cómo ocurrió en el primer caso.
–Ello trastrueca la planificación…
–Exacto. El sistema descarta aquello que tiene más a mano para liberar recursos que le permitan continuar con su funcionamiento normal. Entonces, el individuo expresa la oración de este modo: “al gato lo golpea el chancho”, o bien utiliza la forma pasiva: “el gato fue golpeado por el chancho”.
–Cuando se modifica el plan, ¿el costo cognitivo aumenta?
–Exacto. El costo cognitivo es el esfuerzo mental, es decir, consiste en aquellos procesos que involucran el trabajo de un mayor número de neuronas. Esto es útil, por ejemplo, cuando se analiza la complejidad sintáctica de una oración determinada. Si bien sabemos que cuando una palabra es menos frecuente es más difícil de recuperar y cuando es más corriente el mecanismo es más simple, contamos con mucho menos conocimiento respecto al modo en que se concatenan las palabras y cómo se produce ese orden lineal plasmado en las oraciones. La teoría lingüística conserva una buena explicación acerca de qué ocurre, pero lo que falta es probarlo a partir de la experiencia para que todo el bagaje teórico no se estacione en el nivel especulativo.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Neurociencia en el siglo XXI


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Retos de la neurociencia en el siglo XXI. El reto de la discapacidad intelectual

Jesús Flórez , Catedrático de Farmacología. Santander. Revista Virtual de Canal Down 21: www.down21.org.

Aunque todavía con muchas reservas, la sociedad va prestando creciente atención a esa realidad insoslayable que es fruto de nuestra intrínseca fragilidad biológica: la discapacidad intelectual. No ha sido líder, precisamente, la comunidad neurocientífica en el estudio de esta condición humana. Las primeras aportaciones vinieron del campo de la psicopedagogía y la neuropsicología. Y aquí habríamos de rendir un emocionado homenaje a esos “maestros de escuela” que trataban de desentrañar, y lo conseguían, el mejor modo de enseñar a hablar, o a leer, o a manejarse de manera independiente a niños con discapacidad intelectual, sin esperar a que nadie les dijera el origen del problema.
El reto de la discapacidad intelectual para la neurociencia presenta unas proporciones casi inconmensurables. Primero, por la amplísima diversidad de causas que la provocan —físicas, metabólicas, genéticas, etc. Segundo, por la enorme variedad deformas en que se manifiesta. Tercero,  porque en ella se ven implicados los grandes gigantes de la esencia humana: su cognición, su raciocinio, su determinación, sus sentimientos, su conducta. Y en el centro de todo ello, el cerebro.
No debemos ver a la discapacidad intelectual como meramente receptora de lo que la neurociencia le aporta. como neurocientífico y como persona estrechamente vinculada al mundo de la discapacidad intelectual, me gusta contemplarla como realidad que ofrece a la neurociencia nuevas oportunidades para desarrollar y ampliar su conocimiento. El error de un gen, por ejemplo, causante de una determinada forma de discapacidad intelectual, nos permite descubrir mecanismos insospechados en la neuroquímica cerebral o en el funcionamiento normal de la vida de las neuronas, de la glía o de los astrocitos que conforman los normales procesos cerebrales.
Quiero ahora concretar el reto actual de la discapacidad intelectual en el ámbito de la neurociencia mostrando algunos perfiles que considero particularmente incisivos para comprender el mutuo beneficio que ambas entidades se proporcionan. Y lo haré de la mano de aquella que mejor conozco: el síndrome de Down. No es, precisamente, la más sencilla pero sí es, ciertamente —al menos ante la sociedad— la imagen insignia de la discapacidad intelectual. Los perfiles van a utilizar unos elementos clave que utilizaré a modo de ejemplos:
a) la actividad de un gen,
b) el valor de los modelos animales,
c) la modulación neuroquímica,
d) neuroimagen: redes funcionales

La acción de un gen. Modelos animales

Puesto que el síndrome de Down es una trisomía de los genes del 21, está justificado que busquemos en ellos a los responsables, al menos iniciales, de la dismorfia cerebral. Uno de ellos es el gen DYRK1A, ampliamente estudiado por neurocientíficos españoles. Codifica una tirosina cinasa.
Para conocer e ilustrar las consecuencias de una aneuploidía es preciso disponer de modelos animales fiables y seguros. En nuestro caso disponemos de dos tipos principales de modelos: los ratones transgénicos y los ratones trisómicos. En los transgénicos el ratón posee más de dos copias de un determinado gen, que opera por lo demás en un ambiente normal de disomía. En los trisómicos el ratón posee un tercer cromosoma o parte sustancial de él, un cromosoma que contiene regiones sinténicas de genes ortólogos con los del cromosoma 21 humano. Destaca particularmente el cromosoma 16 del ratón. Ambos modelos difieren sustancialmente pero, correctamente combinados, nos ofrecen una información complementaria de extraordinario valor para conocer muchos de los problemas que aparecen en el síndrome de Down. Voy a ponerles un ejemplo particularmente significativo.
aragon2bDiversos estudios mostraron que el gen DYRK1A participa en el crecimiento cerebral, tanto en ratones como en humanos. En ratones transgénicos, su sobreexpresión inhibe la proliferación neuronal en la corteza cerebral, incluido el hipocampo, e induce la diferenciación prematura de las células progenitoras neuronales. En estos ratones transgénicos, se aprecia una alteración en ciertas pruebas que analizan el aprendizaje y la memoria. Por otra parte, numerosos trabajos han mostrado también que diversos tipos de ratones trisómicos (todos los cuales presentan tres copias de Dyrk1A) muestran profundas alteraciones del aprendizaje y de la memoria. ¿En qué grado la sobreexpresión de este gen concreto puede contribuir a los problemas cognitivos del ratón trisómico? Sustraigamos al trisómico una copia de sólo el gen Dyrk1A, y veamos si mejora o no su capacidad cognitiva.
Para ello cruzamos ratones hembra trisómicas (Ts65Dn) con machos heterozigotos con una sola copia de Dyrk1A. Se obtuvieron tres clases de ratones: trisómicos con tres copias del segmento cromosómico en el que se encuentra Dyrk1A junto con otros genes (TS +/+/+), trisómicos para todos los genes de ese segmento salvo el Dyrk1A (TS +/+/-) y euploides con una dosis normal de Dyrk1A (CO +/+). Vean los resultados en la figura 1 que muestra la expresión de proteína, el nivel de aprendizaje en el test de Morris, y el grado de potenciación a largo plazo en circuitos del hipocampo.
Figuraaragon2c 1. Expresión de proteína Dyrk1A, nivel de aprendizaje (test deMorris) y grado de potenciación a largo plazo en los tres grupos de ratones (control +/+, trisómicos +/+/+, y trisómicos a los que se les ha suprimido una copia de Dyrk1A +/+/-). (García et al., 2014).




En resumen, nos indica que Dyrk1A: a) interviene en importantes funciones cerebrales que tienen que ver con la cognición, b) su sobreexpresión altera dichas funciones, y c) puede asumir una importante responsabilidad en los mecanismos funcionales del síndrome de Down.
Consecuencia: si consiguiéramos bloquear parte de la actividad DYRK1A en una persona con síndrome de Down, quizá pudiéramos mejorar su funcionamiento cognitivo. Esto es lo que se ha ensayado en España con la epigalocatequina, un alcaloide del té verde que inhibe la actividad cinásica de la proteína DyrkA, con ciertos resultados positivos.
Vean, por tanto, cómo la disponibilidad de modelos animales de síndromes que cursan con discapacidad intelectual nos van a permitir indagar y profundizar no sólo en los mecanismos que llevan a la discapacidad sino también a mejorarla. Sin duda, es uno de los grandes retos de la neurociencia en el siglo XXI.

Acción sobre la neuroquímica

Sin necesidad de llegar a manipular los genes y sus mecanismos de acción génica, ¿no podríamos también descubrir consecuencias fenotípicas de la trisomía, como por ejemplo las neuroquímicas, presentes en el cerebro del modelo animal, sobre las cuales pudiéramos actuar?
Una de estas consecuencias fenotípicas fue la constatación de que en determinadas zonas del cerebro trisómico, concretamente en el hipocampo, existe un predominio de la actividad inhibidora GABA, y se postuló que ello contribuiría a los problemas de aprendizaje y memoria observados en dicho animal y, por referencia, en el síndrome de Down. ¿Cabría frenar la acción inhibidora del GABA? Los antagonistas GABA-A de acción generalizada mejoran la cognición en este modelo, pero su capacidad de antagonizar todos los subtipos de receptores GABA-A tiene el riesgo de producir convulsiones, ansiedad, insomnio, etc. ¿Sería posible disponer de un producto antagonista con afinidad específica por un subtipo de receptor GABA-A, el llamado α5, que se encuentra prioritariamente en el hipocampo y no se distribuye tan extensamente por todo el cerebro? La respuesta fue, sí. El Ro-4938581 es selectivo para 5 en donde actúa como agonista inverso y por tanto contrarresta la acción del GABA. Conseguido el producto, ¿qué acciones ejerció en el ratón trisómico? Se exponen en la figura 2. La acción del agonista inverso mejoró de forma importante la habilidad cognitiva, revirtió la reducción de la LTP y mejoró la neurogénesis cerebral.
aragon2dFigura 2. El agonista inverso 5, Ro-4938581, mejoró la cognición en ratones Ts65Dn (test de Morris), el grado de potenciación post-tetánica (LTP) en el hipocampo, y mejoró la neurogénesis en hipocampo. (Martínez-Cué et al., 2013).




Consecuencia. Controlar el exceso de actividad GABA de forma selectiva en determinadas regiones del cerebro puede resultar beneficioso para las personas con síndrome de Down. Los laboratorios Roche, creadores de estas moléculas, han iniciado un ensayo clínico en el que están participando varios países para comprobar sus efectos en personas con síndrome de Down.

Organización funcional

Un último apunte. Numerosos estudios han demostrado que en el cerebro del síndrome de Down existe una clara reducción tanto en el número de unidades neuronales como en el de sus prolongaciones dendríticas y neuríticas, especialmente en el cerebelo, corteza prefrontal, hipocampo y lóbulo temporal. Es consecuencia de alteraciones en los sistemas de proliferación y diferenciación, ya perceptibles en el periodo embrionario, que se mantienen a lo largo de la vida. Junto a estas evidencias estructurales, se han demostrado también problemas en los mecanismos de señalización propios de la transmisión neuroquímica. Este déficit del aparato por donde debe fluir la información, que se inicia en las etapas tempranas del desarrollo cerebral, necesariamente ha de repercutir en la formación, instauración y mantenimiento de las redes y circuitos funcionales que subyacen y operan en las diversas funciones del cerebro. Las técnicas de neuroimagen funcional nos ayudarán a esclarecer esta realidad. Vean un ejemplo obtenido mediante resonancia magnética funcional por el grupo de Schapiro, estudiando el procesamiento del lenguaje en su vertiente auditiva: (figuras 3 y 4).
aragon2eFigura 3. Imágenes de resonancia magnética en cerebros: A) grupo con desarrollo ordinario de la misma edad cronológica que la del síndrome de Down; B) grupo con desarrollo ordinario de la misma edad mental que la del síndrome de Down; C) grupo con síndrome de Down. Las imágenes se presentan de acuerdo con la convención radiológica, de modo que el lado izquierdo de la imagen corresponde al hemisferio derecho del cerebro. (Jacola et al., 2013).



aragon2fFigura 4.  Análisis inter-grupos entre el grupo con síndrome de Down y los grupos con desarrollo ordinario de la misma edad cronológica (a) y de la misma edad mental (b). Las regiones en amarillo-naranja corresponden a áreas en las que el grupo con desarrollo ordinario fue activado más significativamente que el grupo con síndrome de Down. Regiones en azul ligero a oscuro corresponden a áreas en las que hubo activación significativamente mayor en el grupo con síndrome de Down que en los grupos con desarrollo ordinario. Las imágenes se presentan de acuerdo con la convención radiológica, de modo que el lado izquierdo de la imagen corresponde al hemisferio derecho del cerebro. (Jacola et al., 2013).

Comentarios

Los resultados demuestran que, en el procesamiento del lenguaje oído o escuchado, existe un patrón diferente de activación cerebral en los jóvenes adultos con síndrome Down al compararlos con grupos con desarrollo ordinario de su misma edad cronológica o mental. En los grupos con desarrollo ordinario, la activación neural siguió un patrón bien definido y clásico, caracterizado por la fuerte activación de la corteza auditiva en ambos hemisferios, que refleja el procesamiento inicial de la información auditiva. Es lógica la diferencia en la intensidad de activación, que fue mayor en el grupo adulto (fig. 3) que en el grupo infantil (fig. 4). Se aprecia también un proceso de lateralización de la información hacia el hemisferio izquierdo en las regiones frontal y parietal, conforme la edad avanza y se desarrolla el lóbulo frontal. Estas regiones frontales son las que mantienen la información online (memoria operativa verbal) y el procesamiento sintáctico.
Los jóvenes con síndrome de Down mostraron un patrón de activación cualitativa y cuantitativamente diferente. No se vio activación en las regiones del lóbulo frontal izquierdo durante el procesamiento del relato; es decir, se vio lo mismo que ocurrió con el grupo de menor edad con desarrollo ordinario, lo que sugiere que la maduración frontal en el síndrome de Down puede estar retrasada; o bien que, como indican los estudios estructurales de esa región en el síndrome de Down, hay una alteración en la región frontal y en su función. Puesto que son regiones relacionadas con la memoria operativa verbal y el procesamiento sintáctico, eso explicaría las alteraciones que las personas con síndrome de Down padecen en tales funciones, que no les permiten procesar con la debida rapidez y fluidez la información verbal que reciben, interfiriendo así el complejo desarrollo y progreso del habla. Lo mismo cabe decir al analizar la pobre activación observada en este grupo, en comparación con la de sus pares por edad cronológica o mental, en las regiones de la corteza temporal y parietal de ambos hemisferios, áreas que son particularmente activas en las tareas que implican el procesamiento del lenguaje. De nuevo, la causa puede residir en la menor riqueza de conexiones y conformación de redes neuronales dentro de estas áreas en el cerebro del síndrome de Down.
En cambio, el grupo síndrome de Down mostró una importante activación en las regiones de la línea media del lóbulo frontal y en la corteza cingulada, algo que no ocurrió en los dos grupos con desarrollo ordinario. Una posible interpretación podría ser la diferencia en el modo de ejecutar una tarea. Si la tarea es compleja, los grupos con menor capacidad de ejecución pueden desarrollar un aumento compensador en la activación de regiones cerebrales frontales relacionadas con funciones ejecutivas. No parece ser el caso, dado que la tarea era lo suficientemente sencilla como para poder ser bien ejecutada por niños pequeños. Cabe otra interpretación: que se trate de una actividad añadida, puesta en marcha por la estimulación auditiva, que resulte disfuncional y perturbe el procesamiento de la información auditiva en las áreas específicamente responsables de dicha tarea.
En aragon2gdefinitiva, lo que se observa en jóvenes adultos con síndrome de Down es la presencia de unos patrones atípicos de activación y funcionamiento en regiones cerebrales relacionadas con el lenguaje: algunas de estas regiones eran claramente menos activas y, en cambio, aparecieron otras alternativas. Es decir, se aprecia una marcada diferencia en la organización de las redes neuronales responsables de recibir e interpretar la información auditiva de un relato. Nótese, sin embargo, que al final la información llega y se hace consciente; pero lo consigue por procedimientos y mecanismos diferentes, aparentemente más sinuosos y débiles. El estudio es realizado en jóvenes adultos de edades entre 12 y 26 años. Parece lógico pensar que esta disfunción organizativa, debida a la menor riqueza de redes neuronales en los sitios críticos de procesamiento del lenguaje, se encuentra ya presente desde la infancia y la niñez, justo en las etapas que son vitales para iniciar dicho procesamiento. Tal puede ser una de las causas por las que se aprecian marcadas dificultades en el aprendizaje y posterior utilización del lenguaje y del habla en las personas con síndrome de Down.
Me encantaría mostrar más estudios. Por ejemplo, cómo se está analizando en modelos murinos de autismo el modo en que los ratones se comunican, uno de los grandes problemas de esta forma de discapacidad. Y siguiendo el mismo esquema, la comunicación en ratones modelo de síndrome de Down, en donde la comunicación es también uno de sus principales problemas. Pero el tiempo no da más de sí.

En conclusión

He tratado de mostrar simples esbozos de cómo el estudio cerebral de la discapacidad intelectual enriquece nuestro conocimiento sobre el funcionamiento de nuestro cerebro. Pero, al mismo tiempo, nos invitan a pensar en lo que la neurociencia puede y debe aportar al mundo de la discapacidad intelectual. Es su gran reto. No sólo se trata de conocer mejor la entraña del cerebro y de su funcionamiento sino de, a partir de ahí, encontrar medios que mejoren la discapacidad. En definitiva: conocer más para servir mejor.

DISCAPACIDAD INTELECTUAL Y NEUROCIENCIA

Discapacidad intelectual y Neurociencia 


J. FLÓREZ , doctor en Medicina y en Farmacología, es neurocientífico,
 Asesor de la Fundación Síndrome de Down de Cantabria.
Correo-e: florezj@unican.es

EN RESUMEN I Ante el peligro de que la neurociencia sea vista y cuestionada como nueva herramienta al servicio del poder para marginar más sutilmente a la discapacidad intelectual, el autor analiza una reciente publicación de Altermark que parece acusar a la neurociencia de deslizarse en esa dirección. El artículo expone los fines, métodos y logros de la moderna neurociencia en el ámbito de la discapacidad intelectual, y defiende su extraordinaria aportación a la sociedad en general y a las personas con dicha condición en particular.

ABSTRACT I In Altermark’s view, modern neuroscience research may be underpinned by a discursive division between normal and pathological, thus enhancing the biopolitical power in the field of developmental disabilities. The author disclaims this opinion. He explains the aims, methods and achievements of neuroscience, which are contributing to a new age in the attention and care of individuals with mental disability.

DISCAPACIDAD INTELECTUAL Y NEUROCIENCIA 

Existe un debate en el mundo de la discapacidad en general, y de la discapacidad intelectual en particular, que parece interminable. Se trata de la contraposición, al menos aparente, entre dos visiones: la llamada visión ‘médica’ frente a la visión ‘social’. Visiones que se podrían concretar en una palabra para cada una de ellas: la discapacidad como enfermedad —alteración, trastorno— frente a la discapacidad como condición —situación, estado—. Los defensores de cada una de estas posturas suelen disparar sus argumentos tratando de distanciarse lo más posible, responsabilizando al contrario de cuantas demoras o retrasos puedan existir en la aceptación natural —plena y rotunda— de la discapacidad intelectual en el seno de la sociedad, que debería ser acogedora. Por mi formación y profesión —médico y neurocientífico— y por mi vivencia existencial —padre de dos hijas con discapacidad intelectual asociada a dos alteraciones genéticas diferentes— asisto a este debate con no escasa perplejidad. Y más cuando leo que el conocimiento está íntimamente ligado al poder, como si todo aquello que sirviera para conocer a fondo las causas y características de la discapacidad, en su compleja profundidad, estuviera abocado a reforzar a los poderosos... para marginar aún más a las personas con discapacidad. No voy a negar que, a más conocimiento, mayor es la tentación de reforzar el poder y que eso se lleva a cabo de manera a veces inmisericorde. Pero hora es de que dejemos de nutrir ese concepto y proclamemos la idea de que cuanto mayor sea nuestro conocimiento, mayor será nuestra capacidad de servir. Es decir, para servir mejor a las personas con discapacidad intelectual es necesario conocer más la naturaleza y las características que la definen y cincelan; y eso incluye necesariamente a su biología.

Al parecer, el último villano que se introduce en esta historia es la neurociencia. Puesto que la discapacidad intelectual atañe lógicamente a la cognición, el aprendizaje y la conducta, parece apropiado que apelemos a los neurocientíficos para que nos ayuden a desvelar qué ocurre en el cerebro de las personas que muestran dificultades expresas y objetivas en sus aprendizajes y en sus capacidades para valerse sin apoyos —al margen de que todos necesitamos apoyos en la vida, eso  es indiscutible—. Una vez requeridos, lo natural es que los neurocientíficos dispongan de su metodología y utilicen sus herramientas técnicas para analizar y desvelar lo que ocurre en los cerebros. Como las técnicas son muy diversas y los resultados de cada estudio acotan una visión parcial de la problemática, son necesarias reflexiones interpretativas que integren las distintas visiones desde la perspectiva de la estructura, la genética, la biología molecular, la fisiología, la neuroquímica, la psicología y demás neurodisciplinas, con el fin de ofrecer una interpretación cualificada de lo que está ocurriendo; interpretación que nunca es definitiva sino que queda abierta a nuevos hallazgos.

Recientemente leí en la base de datos que bimensualmente publica Canal Down21 (www.down21. org) el siguiente título de un artículo: «La ideología de la neurociencia y la discapacidad intelectual, cómo reconstituir la ‘alteración’ del cerebro» (The ideology of neuroscience and intellectual disability: reconstituting the ‘disordered’ brain), publicado por Niklas Altermark de la Universidad de Lund (Suecia), en la revista Disability & Society (2014; 29:9, 1460-1472).
Me faltó tiempo para acudir a la biblioteca virtual y bajármelo. Se trataba de un tema que daba en la diana de mi inquietud intelectual, como padre y como neurocientífico. Su lectura me impactó porque está escrito sobre la neurociencia desde la ribera de la visión social de la discapacidad. Era la primera vez que leía una valoración de estos profesionales sobre lo que hacemos los neurocientíficos, y cómo interpretan lo que conseguimos y mostramos. Enseguida su lectura me suscitó el deseo del debate. El artículo es muy largo como para publicarlo aquí íntegro, por lo que voy a mostrar, traducidos, párrafos muy extensos para no sacar de contexto sus principales afirmaciones y opiniones. Tras él expondré mis propias reflexiones.

Niklas Altermark, Department of Political Science, Lund University, Lund, Suecia Introducción Aunque un investigador de las ciencias sociales no especializado no puede comprender de forma completa toda la hondura de los hallazgos de la neurociencia, podría decir algo sobre cómo la neurociencia de la discapacidad intelectual mantiene su relación con la política y el poder.
Si nosotros, siguiendo a Foucault (1980, 1998, 2002b), entendemos el conocimiento y el poder como algo entrelazado, existe una dimensión política en la reconceptualización neurocientífica del cerebro. Históricamente, la política de la discapacidad intelectual ha sido sostenida por las ideas científicas de desviación y trastorno (v. Stiker 1999; Rapley 2004). El leitmotif de este artículo se refiere a cómo la neurociencia de la discapacidad intelectual encaja en esta historia; es decir, ¿qué ideas están sosteniendo su visión de un cerebro discapacitado, y cuáles son los intereses políticos de este modo de producción del conocimiento? En la actualidad, se puede afirmar que el estudio de cómo la organización neuronal está relacionada con la discapacidad intelectual constituye un campo de investigación que se encuentra localizado en la superposición de la psiquiatría y la neurociencia, en donde las tecnologías y los conceptos de la neurociencia están siendo desplegados para describir cómo funciona un cerebro discapacitado. Esto ha sido celebrado y aceptado en algunos cuarteles de la comunidad investigadora sobre la discapacidad, en donde se ha insistido frecuentemente sobre el potencial de la neurociencia para informar nuestra comprensión

DISCAPACIDAD INTELECTUAL Y NEUROCIENCIA OPINIÓN 4 I REVISTA SÍNDROME DE DOWN I VOLUMEN 32, MARZO 2015 de la discapacidad intelectual (v. Holland 2008; de Vries y Oliver, 2009; Acharya y Msall 2011; Holland 2013, d’Abrera et al. 2013).

 Esta actitud acaparadora de la neurociencia puede verse como algo que conecta con las demandas por parte de la comunidad investigadora de la discapacidad en favor de de ‘una práctica-basada-en-la-evidencia’ y en favor de hallazgos científicos que informen y promuevan la investigación científica social así como la práctica social (v. Holland 2008; Townsend 2011; Cohen y Brown 2012, Timmons 2013). A la luz de estos hechos, defiendo que la neurociencia de la discapacidad intelectual está lejos de no ser problemática. ...A pesar de las pretensiones generales de los neurocientífi- cos de que ha cambiado significativamente el modo en que el cerebro es entendido (v. Edelman 2011; Mountcastle 2001; Changeux 2004), propongo que la neurociencia de la discapacidad intelectual constituye la continuación de contemplar a los diagnosticados con esta condición como definidos por naturaleza por aquello de lo que carecen.
 La neurociencia de la discapacidad intelectual está sustentada por esa presunta división entre ‘lo normal’ y ‘lo patológico. ’La ‘ciencia’ no ha de verse como elemento generador de conocimiento neutro que pueda aplicarse de forma no problemática. Conforme asistimos a un número creciente de proyectos de investigación y de publicaciones sobre la organización neuronal de las personas rotuladas con la discapacidad intelectual, los intereses ideológicos implicados en diferenciar entre ‘normal’ y ‘desordenado’ están destinados a presionar, y necesitan un escrutinio crítico.

Neurociencia y discapacidad intelectual como bio-política 

Se entiende popularmente por discapacidad intelectual una condición del cerebro definida por los sistemas globales de clasificación, que muestran déficit simultáneos de las capacidades cognitivas (operativamente, CI por debajo de 70) y adaptativas, las cuales aparecen antes de la adultez (Harris 2006, 46-47). Estas características —sean juzgadas como defi- cientes o no— actualmente son ubicadas en el cerebro.

En los últimos 30 años, hemos visto un cambio importante por el que la cognición y la conciencia están siendo reinterpretadas en el sentido de estar enraizadas en cómo se comportan las células de nuestro cerebro. En este proceso, la neurociencia ha sido el instrumento, al tratar de determinar la base material de la conducta, de las emociones y del pensamiento. Puesto que la discapacidad intelectual es percibida como un diagnóstico del funcionamiento cerebral, cualquier reconceptualización del cerebro está abocada a tener implicaciones sobre cómo ha de entenderse esta condición. Un modo de abordar estas implicaciones es partiendo de la propuesta de Foucault (1980, 1998) de que existe una relación intrínseca entre conocimiento y poder. Con ello no sugiero que quienes están inmersos en la producción de conocimiento científico tengas agendas políticas o traten de ofrecer ciertas propuestas políticas. Sino que, como argumenta Foucault (1980), nuestras percepciones de lo que cuenta como conocimiento básico reflejan los límites o estados fronterizos de nuestro pensamiento en un momento dado. Como tal, la noción de ‘bio-política’ denota el proceso por el que un estado actúa e incorpora en su funcionamiento el conocimiento en relación con la población sobre la que gobierna: subdividiéndola, categorizándola y fijando sus características (Foucault 1988).

Esto significa que la producción de conocimiento crea y constituye subjetividades, no se limita a describir y descubrir. A la vista de la interrelación histórica entre política y conocimiento, necesitamos hacer preguntas críticas en relación a qué se sabe sobre las personas consideradas como ‘desviadas’ en función de sus cerebros, cómo se conocen estos cerebros, y cuáles son los intereses políticos implicados en este conocimiento. Pero en la actualidad raras son las veces que se pregunta sobre las implicaciones políticas de la neurociencia de la discapacidad intelectual. La prevalente carencia de exámenes críticos de la neurociencia de la discapacidad intelectual resulta profundamente problemática, por al menos dos razones: la primera, porque fascina el poder de la producción de conocimiento; y la segunda, porque los recursos potencialmente liberadores de la neurociencia pasan desapercibidos. Éste es un punto importante a considerar: queda abierta la cuestión sobre si la neurociencia será un proyecto que ayude a repensar la discapacidad intelectual de modo constructivo, o si seguirá viendo a esta condición como un trastorno.